El programa Héroes de HispanoTV dedicó un episodio a Ani Miller y a su talento para gerenciar, el mismo que la ha llevado a destacarse en distintos ámbitos profesionales, dentro y fuera de su país.
Una conversación sobre liderazgo, trabajo y la decisión de marcar la diferencia.
La conversación, en detalle
En el programa Héroes, un espacio dedicado a conocer historias de gente común con trayectorias extraordinarias, la presentadora Scarlet recibió a Ani Miller, caraqueña y fundadora de Ani Miller Services. Durante una hora de conversación, Ani repasó su vida desde la infancia en Caracas, cuando tenía que esconderse para poder estudiar, pasando por una carrera bancaria en la que ascendió a gran velocidad, hasta la tragedia que la obligó a dejar Venezuela y el difícil comienzo en Estados Unidos. Al final, explicó cómo cada tropiezo que vivió como inmigrante se convirtió en uno de los servicios que hoy ofrece su empresa, y compartió los consejos que les da a quienes llegan a su oficina buscando ordenar sus finanzas.
Una infancia en Caracas y un padre que no quería que estudiara
Scarlet abrió la conversación preguntando por los orígenes de Ani: su infancia, su mamá, su papá y su familia. Ani contó que es la hija del medio. Su mamá trabajaba como administradora y su papá es bombero retirado que, después de jubilarse, se dedicó a tener varias casas en Venezuela y alquilarlas, algo que ha hecho durante años.
Lo sorprendente vino después. A Ani siempre le gustó leer y estudiar, pero en casa tenía una lucha poco común: su papá no quería que estudiara. Cuando ella le decía que tenía un examen al día siguiente, él le apagaba la luz y la mandaba a acostarse. Scarlet no lo podía creer, porque normalmente los padres quieren justo lo contrario.
Yo esperaba que él se durmiera y me iba al baño a estudiar con una vela, para que él no se diera cuenta que yo estaba estudiando, porque si lo hacía con la luz prendida también iba y me la apagaba.
Ya de adulta, Ani entiende que aquella actitud venía de la ignorancia. Ella es hija del segundo matrimonio de su padre, y ninguno de sus hermanos mayores por parte de padre había ido a la universidad; simplemente no estaba en sus planes que sus hijos estudiaran. Su mamá, en cambio, venía de una familia donde la universidad era lo normal, y siempre insistía en que dejaran estudiar a la niña. Ani esperaba a que su padre se durmiera para no provocar peleas entre ellos. Scarlet bromeó con que quizás su papá aplicó psicología inversa, porque al final Ani logró entrar a la universidad a pesar de todo.
Estudiar de noche, trabajar de día y casarse a los 18
Al graduarse del liceo, el equivalente al high school, con 16 o 17 años, Ani entró en un programa del INCE, un instituto venezolano que permite a las empresas recibir beneficios fiscales a cambio de patrocinar la formación de jóvenes en un oficio. Su patrocinador era una entidad bancaria, que le pagaba un sueldo mientras aprendía durante un año toda la parte teórica del oficio de asistente administrativo de empresas. En las noches iba a la universidad a estudiar contaduría pública.
Para poder estudiar con libertad, tomó una decisión radical: casarse.
Decidí casarme para irme de la casa. Me casé a los 18 años con mi novio y me fui de la casa para poder estudiar. Esa fue mi puerta de salida.
Su novio también estudiaba en el INCE y en la misma universidad, cada uno su carrera, los dos en el turno de la noche. Cuando terminó el año teórico, llegó el año de práctica, y a Ani le tocó entrar al banco como pasante. Entre risas recordó que en esa etapa su mejor amiga era la fotocopiadora, y que se pasaba horas al lado del fax esperando a que dejara de sonar ocupado.
De pasante a asesora de negocios: la media hora que lo cambió todo
Su desempeño en la pasantía fue tan bueno que el banco le ofreció pasar a ser empleada directa, respetándole la antigüedad que ya tenía como pasante. Así la contrató el Banco de Venezuela, entonces parte del Grupo Santander, como asistente de atención al cliente.
Ahí empezó a aplicar un hábito que, según ella, explica buena parte de su carrera. Tenía una hora para almorzar, pero solo usaba media hora para comer. La otra media hora se sentaba con los asesores de negocio para aprender el puesto al que quería llegar. Lo hacía en su tiempo libre porque, como ella misma dijo, en horario de trabajo le estaban pagando para hacer otra función.
Yo quería escalar y sabía que no podía hacerlo en el tiempo de trabajo porque me estaban pagando para hacer una posición. Tomaba media hora cada día, de lunes a viernes, para aprender la siguiente posición.
Tenía 18 años. Scarlet le preguntó si no pensaba en salir de fiesta con su esposo y sus amigos, como cualquier joven. Ani reconoció que sus amigos la llamaban aburrida porque siempre estaba pendiente del trabajo, y que ella les respondía que quería avanzar, crecer y no tener preocupaciones económicas, y que para eso había que formarse. No es que no saliera nunca: salía los fines de semana, pero entre semana llegaba agotada del trabajo y de la universidad. Hoy, al mirar atrás, agradece haberlo hecho así.
A los seis meses de estar en su cargo surgió una vacante de asesor de negocio, y el gerente de la oficina estaba preocupado porque los números iban a bajar. Ani se ofreció a ayudar. El gerente no entendía cómo alguien con apenas seis meses en otro puesto podía saber hacer ese trabajo, así que la puso a prueba: la sentó a atender a un cliente cualquiera, sin saber qué iba a pedir, mientras él la observaba. Ani lo atendió sin problema, y la asesora con la que se sentaba cada día le confirmó al gerente que Ani se sabía el puesto entero. Dos días después le llegó un correo de recursos humanos: el gerente la estaba postulando para asesora de negocios, con el doble del sueldo. Estaba a punto de cumplir 19 años.
Cuando Scarlet le preguntó qué creía que había influido, Ani no dudó:
Definitivamente estar siempre dispuesta a dar un poco más de lo que se te pide. Todos los días uno aprende algo nuevo de cualquier persona. Tener esa humildad siempre. Yo creo que esa ha sido una clave del éxito para mí.
El trato con los clientes se aprende desde niña
Scarlet quiso saber si se le hacía fácil el contacto directo con los clientes. Ani explicó que sí, y que eso venía de lejos. Desde los 12 años trabajaba con su mamá, que en algún momento dejó su empleo de administradora y montó sus propios negocios, entre ellos una papelería. Ani iba a ayudarla al salir de clases y los fines de semana, en vez de irse de fiesta. También había trabajado con una agencia de publicidad en Caracas que atendía a grandes marcas, lo que le dio mucho trato con clientes. Además, en un banco tan grande como aquel, los clientes llegaban solos a la oficina.
Graduada, ascendida y ante una oferta que casi triplicaba su sueldo
Se graduó de contadora pública cuando ya estaba por pasar a la siguiente posición. Una amiga suya, que ocupaba el cargo de ejecutivo pyme (atendiendo a empresas, no a personas naturales), recibió una oferta como gerente en otro banco y dejó la vacante. Cuando le propusieron a Ani ocupar ese puesto, ella respondió que también se lo sabía, porque solía ayudar a su amiga. Así empezó como ejecutiva pyme.
Poco después, el banco pasó a manos del gobierno y cambiaron muchas cosas con las que Ani no estaba de acuerdo. Su amiga, ya gerente en otra institución, la llamó para que fuera su ejecutiva pyme, con casi tres veces el sueldo. Ani admitió que lo pensó, porque se trataba de un banco pequeño que casi nadie conocía, mientras que en el Banco de Venezuela todo el mundo quería ser cliente. Pero en la entrevista le gustó la energía del jefe, que le prometió un lugar donde todos sabrían su nombre y donde podría crecer por mérito propio. Allí los clientes no llegaban solos; había que salir a buscarlos.
Ani explicó un detalle de la banca que la motivaba: quienes trabajan en un banco no suelen tener grandes sueldos, pero sí muchos beneficios y planes de comisiones que los mantienen incentivados. Sumado a la oferta económica y a la idea de ayudar a construir algo desde cero, aceptó.
Una oficina que nunca había cumplido la meta
Entró a la nueva institución en febrero. El vicepresidente le advirtió que la oficina a la que la enviaban nunca había cumplido la meta. Ani le respondió con una seguridad que sorprendió a Scarlet: donde ella estaba, siempre se cumplía la meta; solo necesitaba que le dejaran claro cuál era y cuáles eran sus funciones.
Cuando por fin se instaló en la oficina, tras los muchos controles que implica entrar a un banco, le quedaban unas seis semanas para cerrar el trimestre. Hizo una lista y se dio cuenta de que el equipo estaba muy desmotivado: nunca habían cobrado comisiones, porque nunca cumplían, y como ella misma señaló, quien nunca ha cobrado una comisión no la extraña porque no la conoce.
Para colmo, su amiga, la gerente, había negociado al entrar un mes de vacaciones con su familia en Estados Unidos, así que Ani quedó a cargo de la oficina con apenas 20 años, rodeada de personas mayores que ella que la veían como “la carajita”, como dicen los venezolanos a una muchacha muy joven. Aun así, convocó una reunión.
Les dije a todos: señores, yo vengo de esta institución financiera, estos son mis números. Yo les pido que me den un voto de confianza. Tenemos 40 días para cumplir esta meta. Los negocios los voy a traer yo, pero necesito un equipo que me respalde.
Les pidió agilidad: si ella traía diez cuentas, no podían tardar tres días en abrirlas. Les prometió que el dinero de las comisiones se repartiría entre todos. Y le pidió al cajero algo concreto: que a cada persona que llegara a cobrar un cheque le ofreciera abrir una cuenta, porque el cajero era quien tenía el contacto con la gente y había que vincular a los clientes con el banco.
Tenemos que marcar la diferencia si queremos avanzar. No podemos ser simplemente una oficina que le cambia cheques a alguien.
También tenía una ventaja: su propia cartera de clientes. Ella sabía que si tocaba la puerta de un cliente le abrirían, porque, como dijo, las personas hacen relaciones con las personas, no con las instituciones. El equipo le dio el voto de confianza, aunque fuera con desconfianza. Y cumplieron la meta antes del 31 de marzo.
La lealtad antes que el ascenso
Ese día, el vicepresidente la llamó para confirmar que estaba en la oficina y llegó acompañado de la vicepresidenta de recursos humanos y del vicepresidente de operaciones. Ani temió que hubiera pasado algo grave con algún cliente. En cambio, le entregaron una carta con la oferta para quedarse como gerente de esa oficina, el puesto de su amiga, que seguía de vacaciones. El vicepresidente le dijo que él se encargaría de hablar con ella al regresar.
La respuesta de Ani fue un rotundo no.
Si hay algo que en mi casa me enseñaron es a ser agradecida. Yo te acepto el ascenso, pero bajo ningún concepto en esta oficina, porque yo no voy a tomar el puesto de mi amiga, quien me recomendó.
El vicepresidente se molestó, pero terminó trasladándola a la oficina principal, que era muy grande y ya tenía una gerente de trayectoria, con quien Ani se formó como subgerente junior. Eso sí lo aceptó, porque ahí no le quitaba el puesto a nadie. Hoy aquella gerente vive en Estados Unidos y son grandes amigas.
La historia tuvo un giro amargo antes de resolverse. Alguien filtró a su amiga que le habían ofrecido su puesto a Ani, sin contarle que ella lo había rechazado. En la siguiente reunión mensual de gerentes, cuando Ani fue a abrazarla, su amiga le dijo que no la tocara. Ani prefirió no dar explicaciones y dejar que la verdad saliera sola. Scarlet, intrigada, le pidió que no la dejara así. Ani contó que su amiga se enteró por la subgerente, que había estado presente en la reunión, de todo lo que Ani había dicho, y luego le pidió disculpas.
Scarlet destacó que cuando se tienen valores y se respeta a la gente, llegan más frutos y oportunidades. Ani coincidió: no hace falta pisar a nadie para avanzar.
Yo no voy a subir hundiendo a ninguna persona.
La banca corporativa y una entrevista atrevida
Ani vivió dos o tres años en Maracay, en el estado Aragua, donde ocurrió todo lo anterior. Al decidir regresar a Caracas, la postularon a la banca corporativa, otro nivel en el que se manejan clientes gigantescos. Scarlet aprovechó para preguntarle si ejercía como contadora; Ani respondió que no, que se dedicó por completo a la banca, porque ama las finanzas.
Había cuatro candidatos para el puesto, y todos menos ella tenían experiencia en banca corporativa. Ani fue a la entrevista con la idea de que, si no quedaba, seguiría intentando. Una de las preguntas del vicepresidente fue cómo se veía en los siguientes años. Su respuesta fue que quizás en el puesto de él, porque asumía que él querría seguir creciendo hasta ser presidente, y entonces ella podría ser la vicepresidenta.
Yo no vengo a quitarle el puesto. Usted tiene que preocuparse y trabajar para crecer, para que mañana sea el presidente y yo pueda ser la vicepresidenta.
El vicepresidente le dijo que nadie le había dicho nunca algo así, y en la misma entrevista le preguntó si podía quedarse de una vez. Ani se mudó a Caracas y entró a la banca corporativa.
Una empresa familiar y los cambios en la banca venezolana
Scarlet preguntó dónde estaba su esposo en todo esto. Ani contó que juntos crearon una empresa de transporte ejecutivo y escoltas. Ella aportaba la cartera de clientes, laboratorios y empresas grandes, y él se encargaba de la operación, con una administradora y varios choferes con sus propios vehículos, trasladando a los ejecutivos a sus reuniones y a sus casas.
Mientras tanto, la banca venezolana atravesaba intervenciones del gobierno. Ani fue gerente de oficina por primera vez a los 20 o 21 años, y cada vez que el gobierno tomaba un banco donde ella trabajaba, buscaba otra entidad privada. En una de esas mudanzas aceptó la gerencia de una oficina en El Cementerio, una zona muy comercial del oeste de Caracas, con grandes mercados, que no tiene nada que ver con un camposanto aunque lleve ese nombre. Ella era del este y no conocía el oeste, pero le fue muy bien. Volvió a encontrarse con una oficina que nunca había cumplido sus metas, armó un buen equipo e hizo lo mismo que antes.
Scarlet le preguntó si nunca tuvo esos momentos de fastidio o de autosabotaje en los que uno piensa que ya vivió eso y no quiere empezar de nuevo. Ani admitió que sí, pero que le duran poco.
Tengo el momento y a los dos minutos me veo en el espejo: ya, despierta, ya pasó tu show, hay que seguir porque aquí hay cosas que aprender.
Su determinación, dijo, es una mezcla de su mamá y de su papá. Desde pequeña, cuando le decían que algo no se podía, ella respondía que sí. Si no es imposible, quiere decir que es posible, y aunque uno se quede en el camino, se lleva algo que antes no tenía: la experiencia.
Comprar una casa y la decisión de divorciarse
Un día, en el metro de Caracas, Ani se encontró con un antiguo compañero del Banco de Venezuela, que le contó que todos los de la “vieja escuela” se estaban yendo a otro banco y le dio su tarjeta para que enviara su currículum. En ese momento, Ani estaba en pleno proceso de divorcio.
El matrimonio ya no funcionaba porque ella siempre tuvo aspiraciones de crecer, y su esposo, como sus amigos, le reprochaba que solo pensara en trabajar. El quiebre llegó con la compra de la casa. En el banco le habían encargado preparar la revisión de los expedientes de los 500 mayores deudores, una auditoría anual que todos los bancos deben atravesar. Pasó tres o cuatro meses muy ocupada, todo salió perfecto, el banco no fue multado, y como recompensa el vicepresidente de crédito le ofreció financiarle al 100% la casa que ella escogiera.
Llegó emocionada a casa, pero su esposo le dijo que no estaban preparados. Vivían alquilados en una casa de su papá, y él no veía la necesidad. Ani le respondió que esas casas eran de su padre, no de ellos, y que ya tenían dos hijos: tuvo a su primer hijo a los 21 años y a su hija a los 23. Le dijo que la compraría con él o sin él, y lo invitó a ir a verla el sábado a las diez. A las nueve, él le pidió que lo esperara mientras se arreglaba. Compraron la casa.
Para Ani, una nueva responsabilidad económica exigía un cambio de hábitos, y ese es un consejo que repite hasta hoy:
Si quieres lograr algo, tienes que sacrificar algo. Siempre tienes que estar dispuesto a sacrificar el tiempo, a sacrificar algo.
Le propuso a su esposo cosas concretas: si comían fuera seis veces al mes, ahora tendrían que hacerlo tres; un plan de ahorro y un presupuesto para ciertos gastos, para que todo fluyera. Él respondió que eso era justo lo que no quería. La casa, además, la compraron en obra gris, es decir, sin acabados, pintura, cocina ni electrodomésticos, y él tampoco quería remodelarla. En 2011, cuando su hija tenía un año, Ani le propuso divorciarse en buenos términos.
Yo quiero enfocarme en terminar mi casa, quiero mudarme para mi casa con mis hijos y quiero seguir avanzando. Si tú no quieres eso mismo, lo puedo entender, pero no me puedes detener a mí. Y yo tampoco te quiero detener a ti.
Ani recordó que tuvieron un matrimonio muy lindo, que eran prácticamente niños cuando se casaron, y que no quería que la relación se dañara. Él no quería divorciarse, pero terminaron haciéndolo.
Una tarjeta en el metro y un sueldo que pagó la remodelación
Ani olvidó enviar el currículum. Dos semanas después, contra toda probabilidad, volvió a encontrarse con el mismo compañero en el metro. Esta vez tenía el currículum en un pendrive, y él se lo llevó. La llamaron ese mismo día para una entrevista.
La entrevistadora resultó ser alguien a quien Ani conocía de otra institución, de cuando Ani estaba en la banca corporativa, que da instrucciones a las oficinas. Al escuchar su nombre, le dijo que estaba calificada, pero que solo había vacantes de ejecutivo, y que suponía que una gerente no aceptaría bajar de cargo. Ani respondió que dependía del sueldo. El banco pagaba sueldos muy agresivos para captar gente con cartera, y el de ejecutivo era el doble de lo que ella ganaba como gerente. Aceptó. A los dos meses ya era gerente otra vez.
Aquel banco tenía un plan de comisiones sin techo: si se superaba la meta, se pagaba el doble. Ani hacía dos y tres veces la meta, y gracias a eso remodeló su casa completa y se mudó allí con sus hijos. En total, trabajó en la banca 12 años, desde los 16 hasta que llegó a Estados Unidos con 28. La empresa de transporte se la dejó a su exesposo en el divorcio.
La tragedia que la obligó a salir de Venezuela
Scarlet le preguntó cuál fue el punto de quiebre que la hizo salir del país. Ani lo contó con serenidad. El padre de sus hijos falleció en Venezuela: fue asesinado mientras prestaba un servicio de escolta, con la empresa que había seguido operando tras el divorcio. Como él nunca superó la separación, murió con un documento de identidad que todavía decía que estaba casado, y según la ley venezolana solo la esposa podía retirar el cuerpo. Los padres de él la llamaron, porque de lo contrario tendrían que esperar dos o tres semanas a que se corrigiera el registro. Ani fue y lo hizo, como un favor a la familia y porque era el padre de sus hijos. Eso hizo que sus datos quedaran vinculados al caso.
Unos meses después se enteró de que la novia de él, quien había puesto la denuncia, también había sido asesinada. Ani no tenía ningún tipo de comunicación con él desde hacía tiempo y no sabía qué estaba pasando. Poco después, mientras compraba algo en un quiosco durante su hora de almuerzo, dos hombres armados la abordaron, la llamaron por su nombre y le exigieron subir a una camioneta. Pensó que era un robo, pero le dijeron que no, que sabían que ella había retirado el cuerpo. En ese instante recordó lo que le había pasado a la novia y decidió que no se subiría.
Dejé los zapatos y empecé a correr descalza, y el hombre me disparó. Me dio en la pierna. Herida, seguí corriendo.
Había mucha gente en la zona a esa hora, y logró escapar. Después de recibir atención médica, y sin saber realmente qué estaba ocurriendo, decidió por seguridad salir del país al día siguiente con sus hijos y su hermana menor. Se fue a República Dominicana por 15 días, pensando que las cosas podían mejorar. No quería abandonar la vida por la que tanto había trabajado: ya había sido gerente regional y le habían ofrecido la vicepresidencia de negocios.
Pero le avisaron que unas personas habían ido a buscarla a su trabajo, y su mamá, llorando, le suplicó que se fueran. Presentó su renuncia en el banco, aunque le ofrecieron cambiarla de sede, y les dijo que se iría un tiempo para ver qué pasaba.
Llegar a Estados Unidos “de vacaciones”
Ani llegó a Doral, en Miami, en 2016, con sus dos hijos y su hermana, y poco después trajo a su mamá. Al principio la idea era tomarse unas vacaciones: se fue con los niños a Orlando a recorrer los parques durante unos diez o quince días, porque venían de mucho trauma tras haber salido de manera forzada. Estando allí, supo que en Venezuela seguían preguntando por ella en la garita de seguridad de su condominio, y su mamá le suplicó que no regresaran.
Ani buscó entonces a un abogado, le contó todo lo sucedido, y fue él quien le explicó que su caso calificaba para pedir asilo. Ella tenía todos los documentos que respaldaban su historia, incluidas las noticias publicadas en la prensa. Ani subrayó que, bajo ningún concepto, quería quedarse en el país de forma irregular. Presentó su caso y decidió quedarse.
Contarles a sus hijos que no estaban de vacaciones sino que se quedaban fue difícil. Eran pequeños, pero a su hijo, que era muy buen estudiante, le afectó mucho entrar a una escuela donde todo era en inglés y no entendía nada. Era un cambio cultural, de idioma, de amigos, de todo.
La primera estafa: un amigo, un carro y un contrato en inglés
Ya instalada en Doral, Ani se apoyó en personas que había conocido en la banca y que consideraba amigos. Uno de ellos, que llevaba tres o cuatro años en Estados Unidos y trabajaba como realtor, la ayudó a alquilar la casa y le recomendó dónde comprar un carro. Ahí vino lo que ella llama su primera estafa, aunque aclaró que no lo tomó como algo malo, sino como una enseñanza que incluso la llevó a crear Ani Miller Services.
Mientras buscaba casa y auto, también creó su empresa. Ani Miller Services es en realidad un DBA, un nombre comercial; la empresa legal tiene otro nombre, cuyo significado, contó entre risas, solo conoce su hijo.
Para pagar las cuentas trabajó en todas las aplicaciones de entregas y transporte que existen: Uber, Amazon, DoorDash, Instacart. Scarlet le preguntó qué sentía al hacer esos trabajos después de todo lo que había logrado en Venezuela.
Fue duro, pero yo sabía que necesitaba pagar los bills. Cada vez que me sentía mal, me veía en el espejo y me decía: esta no es tu realidad. Esto es lo que estás haciendo ahora para mantenerte.
Entendió muy rápido que tenía que aprender inglés. Amazon Flex, un programa en el que se entregaban paquetes con el carro propio y del que ella fue de las primeras conductoras, le permitió inscribirse en un college para estudiar inglés de lunes a jueves en las mañanas. A cambio, tenía que trabajar hasta medianoche para cubrir los gastos. Lo hizo durante un año.
Fue en ese tiempo cuando compró el carro en el concesionario que le recomendó su amigo. No hablaba inglés y todo estaba en inglés. Firmó donde le dijeron, dio 5,000 dólares de inicial y le dijeron que pagaría cuotas de unos 500 dólares al mes. Un año y medio después, un vehículo de un policía encubierto la chocó, y como necesitaba el carro para trabajar, fue al concesionario a cambiarlo. Preguntó cuánto debía. La respuesta: 30,000 dólares.
No lo podía creer. Le explicaron que había firmado un contrato interno con el propio concesionario, sin ningún banco de por medio, en el que aceptaba pagar 71 cuotas que eran solo intereses, y una cuota número 72 tipo “balón” que acumulaba el precio total del vehículo. Los 5,000 dólares de inicial se habían ido en gastos administrativos. Le quedaban un carro chocado, que era su herramienta de trabajo, y una deuda de 30,000 dólares por un auto que no valía ni la mitad.
Ese día salí de ahí llorando. Me monté en el carro y dije: no puede ser, ¿por qué la gente es tan mala?
Pensaba en su amigo, que llevaba años en el país y no podía no saber lo que le estaban haciendo. Nunca lo enfrentó; simplemente se alejó de él. Decidió entonces formarse a fondo en cómo funciona el financiamiento para comprar un vehículo en Estados Unidos, convencida de que si se lo hicieron a ella, se lo hacían a millones de personas. Incluso se prometió no hacer más negocios con latinos hasta estar preparada, porque quien la había perjudicado era alguien que sabía que había llegado sola con dos niños, su mamá y su hermana.
Scarlet reflexionó que esas personas aparecen en el camino para obligarnos a aprender. Ani coincidió, con un matiz: en el momento no se ve así, se sufre; pero si uno decide aprender, el daño termina convirtiéndose en un beneficio. Si no, deja a la persona dañada, y para un inmigrante eso puede ser un problema muy grande.
El primer servicio: acompañar a la gente a comprar su carro
De esa experiencia nació el primer servicio de su empresa: asesorar a las personas para que compren vehículos sin que las estafen con las condiciones. Ani grababa videos preguntándole a la gente si estaba cansada de pasar doce horas en un concesionario hasta agotarse y firmar cualquier cosa. Ella negociaba el trato antes de que el cliente llegara, actuando como intermediaria, y la visita al concesionario duraba una hora.
Cada cosa que me fue pasando es un servicio que he prestado.
Scarlet le agradeció que, en lugar de buscar venganza o querer que otros sufrieran lo mismo, hubiera usado lo vivido para el beneficio de los demás, de una manera honesta.
La carta del IRS que la llevó a estudiar impuestos
El segundo servicio también nació de un mal momento. Ani hizo sus impuestos con una preparadora a la que le pagó, y luego le llegó una carta del IRS, esas que tanto angustian a la gente. Llamó a la señora y no le contestó. A los cuatro días, la asistente le dijo que tenía que resolver el problema de la carta ella sola, porque estaban ocupados. Ani, que viene de la “vieja escuela” del servicio al cliente, pensó que quizás era la asistente la que no quería trabajar, y fue a la oficina en persona. Esperó dos horas y no la atendieron.
Se montó en el carro y pensó que, siendo contadora, no tenía por qué estar pasando por eso. Era febrero, plena temporada de impuestos. Buscó en internet un instituto que le diera un curso intensivo, porque tenía 30 días para responder la carta y ya habían pasado cinco. Hizo un curso de dos semanas, aunque le costó dejar de trabajar para estudiar, llevó la carta a clase y le enseñaron cómo resolverla.
Luego fue personalmente a una oficina del IRS con sus hijos. Allí descubrió el problema: la preparadora había escrito mal el número de Seguro Social de su hijo, y el número erróneo coincidía con el de un niño que había fallecido años atrás, por lo que el IRS sospechaba que alguien intentaba usar los datos de ese niño de forma fraudulenta. Con sus hijos presentes, aclaró el error.
De ahí nació su servicio de preparación de impuestos, y también su forma de atender. Scarlet le preguntó si ella sí contesta el teléfono.
Eso no te va a pasar jamás. Ese es mi lema: si un cliente llama, el cliente tiene un problema, y nosotros somos la solución. Incluso nuestro eslogan es “Nosotros siempre estamos aquí para ti”.
Todo bajo un mismo techo
Scarlet le pidió que repasara los servicios de Ani Miller Services. Ani mencionó la asesoría para la compra de vehículos, los impuestos personales y corporativos, la contabilidad y los seguros, con licencia en los 50 estados para todo tipo de pólizas: salud, vida, responsabilidad, vivienda y más. Contó que los seguros también llegaron a raíz de una experiencia propia. A eso se suman los servicios de bienes raíces e hipotecas, para que un cliente pueda comprar su propiedad con acompañamiento de principio a fin. Scarlet resumió que era un paquete completo con todo lo que necesita una persona para vivir en este país.
Cuando la presentadora le preguntó cómo se sentía hoy, Ani dijo que feliz, sobre todo porque puede guiar a sus clientes desde su propia experiencia.
No es lo mismo decirle a una persona que puede hacer algo si tú ni siquiera lo has hecho.
Contó que tienen muchísimas historias de éxito de clientes que llegaron a la oficina sin saber qué hacer, y que hacía apenas dos días un cliente había comprado su tercera casa. Ani explicó que, a través de los bienes raíces y los beneficios fiscales que permiten las inversiones, ella misma ha comprado diez propiedades, todas alquiladas. A sus clientes les dice que ese es el camino para asegurar el futuro, y les recomienda un libro que, según ella, le cambia la vida a cualquiera: Padre rico, padre pobre, de Robert Kiyosaki, disponible en inglés y en español.
Su superpoder: resolver problemas
Al acercarse el final, Scarlet le preguntó si se considera la heroína de su propia historia. Ani respondió que totalmente. Y cuando le preguntó cuál es su superpoder, no lo dudó:
El de solucionar problemas. A mí me encanta que la persona me diga que tiene un problema, porque yo siempre voy a buscar la solución. Hay que llamar a Ani Miller porque ella tiene la solución.
Contó cómo trabaja cuando alguien llega a una cita de asesoría financiera. Lo primero que le pide es: “Cuéntame todos los problemas que no te dejan dormir”. Mientras la persona habla, ella va anotando todo, porque lo que hace es armarle un plan. Pero antes de cualquier plan, deja claras algunas condiciones:
- Disciplina. Para lograr las metas financieras hace falta disciplina.
- Disposición a sacrificar. Hay que tener ganas de sacrificar algo para lograr algo grande.
- Creer en uno mismo. Todos podemos hacerlo, pero lo primero es creer en nosotros.
- No escuchar a quien no ha logrado nada. Muchas veces nos autosaboteamos y hacemos caso a personas que no quieren que logremos algo.
- Atravesar el miedo. El miedo a que nos vaya mal es lo que no nos deja ganar.
Scarlet añadió que muchas veces ese miedo no se va, y que la idea es atravesarlo y hacerlo de todas formas. Ani estuvo totalmente de acuerdo.
Crecer con sus propios clientes
Para cerrar, Scarlet le preguntó si venían más proyectos. Ani respondió que siempre quieren más y están abiertos a las posibilidades. Contó algo que la entusiasma especialmente: a medida que la empresa crece, le da la oportunidad de formar parte del equipo a sus propios clientes, personas que ya conocen el servicio desde el otro lado del escritorio.
La entrevista terminó con la presentadora agradeciéndole por contar su historia y por no rendirse. La trayectoria de Ani Miller, desde la niña que estudiaba a la luz de una vela en un baño de Caracas hasta la empresaria que hoy acompaña a otros inmigrantes con sus impuestos, seguros y finanzas, deja una idea muy clara: cada golpe puede convertirse en una herramienta, siempre que uno decida aprender de él.
Video: HispanoTV, programa Héroes.
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